miércoles, 12 de agosto de 2015

El ocaso

El ocaso
Apesta a muerte en la habitación, y no por mi entrada, es un olor indescriptible, es una sensación bastante deprimente. La mayoría de los presentes muestran caras serias y la minoría que sonríe se debe más que probablemente al nerviosismo provocado por la situación. Cuando entro, todos se quedan mirándome, puedo ver el reproche y la decepción en sus caras, no me quieren allí. Pero, ¿me pueden ver o simplemente me sienten? Nunca adoré mi trabajo más que cualquier funcionario ama el suyo. Es un oficio más, quizás el más importante y más odiado del universo, pero alguien lo tiene que hacer. Al cabo de unos instantes la sensación de estar siendo observado desaparece, pero lo que sucede a continuación me resulta aún más desolador. El único asistente que no aparta sus ojos de mi, resulta ser una niña de unos 7 años, me mira con una mezcla de sorpresa y desconfianza. En nuestro trabajo, la única persona que puede vernos es el individuo al que debemos llevar con nosotros. Nunca un acompañante había mantenido la mirada fija en mi durante tanto tiempo. No hay protocolo determinado para estos casos así que le sonrío y le hago señas para que se acerque. La niña, ignorada por completo por el resto de adultos y por la atmósfera de desolación, no duda en acercarse hasta mi y en tono de reprimenda se dirige a mi:
-Sé quien eres, te he visto en algunos cuentos y videojuegos. No te tengo miedo y no dejaré que te lleves a mi abuelo-. Me sorprende la actitud beligerante de la pequeña, sin duda es la primera vez que va a sufrir una muerte cercana y aun nadie explicó a la pobre que todos necesitamos morir. Es el único encargo del día, así que decido seguirle el juego y tratar de convencerla, las cosas mejor por las buenas que por las malas.
-Mira pequeña, comprendo que quieres mucho a tu abuelo, pero es el ciclo de la vida, tu abuelo debe morir porque ha llegado su momento. Para que puedan nacer nuevas vidas yo debo sesgar algunas-. Me mira y clava una respuesta más que ingeniosa: - Y a ti que matas a la gente, ¿quien te mata? ¿No debes morir tu también para que nuevas vidas lleguen? Yo prefiero que muera otra persona antes que mi abuelito, siempre fue bueno con todos-.
¡Vaya con la niña! ¿Que quien me mata a mi?, que ingeniosa. - A mi también me llegará la hora, pero ni si quiera yo se la respuesta a esa pregunta. Tu abuelo agotó su vida, estoy seguro de que si le preguntas, te dirá que quiere irse. Ya vivió lo suficiente-.
Es demasiado pequeña para hacerla entrar en razón, para que comprenda..., pero su mirada tiene algo especial, así que intento explicarle la mortalidad a la que todos estamos sujetos. - Mira seré directo, tu abuelo va a venir conmigo hoy de manera definitiva, pero lleva viniendo conmigo un poquito desde el mismo día que nació. Tu misma marchas conmigo día a día, cada día que estas viva, es un día mas cerca de la muerte, es algo inherente a nosotros y cuanto antes lo aceptes será mejor para ti. Tienes derecho a querer enfrentarte a mi y a llorar su perdida, pero entonces tus lágrimas nunca se agotaran, porque cada segundo que pasa nos acerca a todos al adiós definitivo-. Tras estas palabras, me mira con un odio que hacía mucho no veía -Algún día, me vengaré-. Y con este mensaje dicho se sienta en una pequeña silla, mostrándome su rendición. No ha comprendido la muerte, pero al menos me va a dejar hacer mi trabajo. Me acerco a su abuelo, es un señor de unos 90 años, al verme me sonríe y me da las gracias. Es un hombre de orígenes humildes pero que sin duda supo ganarse su derecho a la muerte.

***


-Hola mentor, ha llegado la hora de dejar a tu alma marchar para que al fin obtengas descanso-. Su voz suena sosegada, me recuerda a mi cuando empecé. Nosotros, los que nos dedicamos a esto, no tenemos contacto directo con nuestro sucesor, no sabemos quien será. Ellos nos observan en la lejanía y toman nota para llegado el momento asumir el cargo. Vi algo en su mirada, algo especial, algo que no se olvida, sin duda es ella. -Al fin cumplirás tu palabra y te vengarás-.

-No mentor, no busco ninguna venganza, solo vengo a darte lo que te corresponde. Durante muchos años, albergué odio en mi corazón, hasta que por fin, tras sufrir varias perdidas, comprendí tus palabras de aquel día. Comprendí que la muerte es tan nuestro como la respiración y que querer privar a alguien de ello es igual de cruel y egoísta en ambos casos. Hoy acepto la muerte como un proceso más de la vida, es más, sin muerte no habría vida, y sin vida no habría podido disfrutar de mi abuelo y de todos los seres queridos que por mi vida han pasado. Fuiste el que me quitó la venda y por cosas del destino te remplazo en este cargo y te doy el regalo que tanto mereces. Porque aunque sea el estado final de la vida y sea natural, es duro hacerlo, ya que a menudo la familia y el individuo no entienden la muerte, pocos alcanzan ese conocimiento, y a pesar de esto siempre cumpliste. Los que lo entendemos somos los encargados de cargar con ese yugo tan opresor como liberador-.
Me sorprenden las palabras de mi sucesor, el alumno supera al maestro. Nunca nadie comprendió con mayor exactitud este juego, y como la ruleta debe seguir girando, yo me entrego ya a mi derecho.

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